DE AZAR Y COMPLIANCE TECNOLÓGICO
Se acercan las navidades y con ellas la creatividad española por excelencia, el anuncio del sorteo de la Lotería de Navidad. Recuerdo con nostalgia la inauguración de las vacaciones con las voces de los niños y niñas de San Ildefonso cantando cada uno de aquellos números y el premio, que fundamentalmente, eran “miiiiiiiiiil pesetas”, mientras esperábamos un gordo madrugador. Finalizado el sorteo, los reporteros se postraban ante las puertas de las administraciones de loterías donde, botella de champán en mano, los agraciados enumeraban el destino de sus premios. “Tapar agujeros” o “dar la entrada de un piso” se llevaban la palma. Era emocionante también recibir el periódico la mañana del día veintitrés y extender sobre la cama de mis abuelos décimos de lotería y participaciones, recibidas dentro de las postales navideñas de familiares y amistades de toda la geografía española, donde mis hermanos y yo comprobábamos el listado interminable de números y nos emocionábamos con cada reintegro, en busca de una pedrea, que casi nunca llegaba. El día de la salud, se le llama a ese día.
Aunque sólo con fijarnos en el tamaño de los bombos sería suficiente para abandonar la tradición, la ciudadanía en España destinó en 2024, nada más y nada menos que 3.860 millones de euros a la lotería de navidad.
Por aquel entonces también eran comunes las peñas en los centros de trabajo y en los bares, donde se cubría, a gusto de los consumidores, la quiniela (apuestas, de toda la vida) o la primitiva. Las ventas de rifas y la lotería de navidad también era (y es) algo que hemos venido haciendo asiduamente los menores para financiarnos las excursiones de fin de curso. Y en las fiestas de los pueblos (y no tan pueblos) continuamos divirtiéndonos en las tómbolas, donde casi nunca toca nada, o lo que te toca acaba roto en el fondo de un cajón.
También han sido habituales en nuestra reciente historia las sobremesas en los bares para “echar la partida” y meter la vuelta del café en la máquina, donde los más generosos, pagaban una ronda cuando “abría” la máquina.
Respecto a los juegos de cartas, de niña me gustaba jugar a la escoba con mis padres, al tute con mis abuelos y a la brisca con mis abuelas. Ya en el instituto se puso de moda jugar al Black Jack, y nos jugábamos unos duros, y al que se le daba bien la tarde se compraba un cono de patatas fritas, y si el jugador o jugadora era generoso, compartía con los demás. Después, ya en la Universidad, toda mi atención se la llevó el mus.
La fiebre del póker, que conocíamos por las películas (no puedo evitar en mi cabeza el tema de la fantástica película “El Golpe”) ya me cogió trabajando, y me he pasado alguna que otra noche leyendo a amigos, incrédulos, decretos donde se regula la reglamentación del póker. Es raro ver las instrucciones de un juego escritas en un boletín oficial.
He de confesar que por la facultad de Derecho se pasa sin mentar la legislación de juego, así que cuando comencé a trabajar en el sector mi tarea de estudio fue casi tan intensa como el número de sorpresas que me esperaban a medida que fui conociendo un sector al que, no negaré, entré con ciertas reticencias. Para el que lo desconozca os diré que el juego presencial es una competencia autonómica, y cada una de nuestras legislaciones regula, en mayor o menor medida, las modalidades de juego permitidas, la publicidad del juego y el que es, sin duda, uno de los más importantes regímenes sancionadores que yo haya podido ver en mis más de veinte años de ejercicio profesional en sectores regulados. Allí también aprendí que el negocio es una importantísima fuente de ingresos para las arcas públicas. Quiero aclarar que cuando hablo de normativa de juego, hablo de juego privado, es decir, Casinos, Bingos, máquinas recreativas y apuestas, porque ni a la ONCE ni a Loterías y Apuestas del Estado, se les aplica la misma normativa, porque si así fuese el anuncio de la lotería de navidad, o cualquier otro de los que estamos acostumbrados a escuchar en cualquier emisora de radio, sería ilegal como la copa de un pino.
Corría el año 2007 cuando en la camiseta del Real Madrid se anunciaba una empresa perteneciente al sector del juego online, cuando este todavía no estaba regulado en España. Así que, hasta la llegada de la Ley 13/2011, de 27 de mayo, de regulación del juego, miles de personas, de todas las edades, entraban directamente en su teléfono móvil a jugar en cualquier página web, que operaba con total libertad, amparada en una situación que algunos tacharon de alegal y otros de flagrantemente ilegal.
Así nos encontrábamos con que el sector de juego presencial no podía hacer publicidad, contaba con unos férreos controles de registro de entrada, existía la posibilidad de autoprohibición o de prohibición por sentencia judicial, mientras se aportaban millones a las arcas públicas al tiempo que generaban un gran número de puestos de trabajo en todo el país, todo ello frente a un imparable y completamente libre juego online. Los retos no eran pocos y uno de los que recuerdo que más preocupaba al sector del juego tradicional era el control de acceso a menores y a prohibidos.
“Consumo sanciona con 33 millones a Codere, Betfair, 888 y otros 29 operadores de juego online”, es un titular jugoso, que busca y obtiene con éxito la atención del público, y como es habitual se abre el debate, y se genera alarma social, pero para un mejor conocimiento de la noticia me interesaría compartir, con quien interese del tema, que de las 32 infracciones seis son muy graves por carecer los operadores de licencia. Es decir, no se trata de juego online sino de juego ilegal. Cada una de ellas de cinco millones de euros, lo que nos da un total de 30 millones de euros.
Las otras 26 infracciones, a las que corresponderían los tres millones restantes se refieren fundamentalmente a alguna infracción del artículo 40 de la Ley y, si rascamos un poco, la práctica totalidad se refiere al incumplimiento de requisitos técnicos de los reglamentos relativos al software y a los sistemas de comunicación, y/o por utilizar sistemas técnicos no homologados o no autorizados.
La noticia genera alarma social porque el dato que se da no se explica, y aunque si bien es cierto que cualquier ciudadano tiene la posibilidad de entrar al contenido de la resoluciones que publica la Dirección General de Ordenación del Juego, no es fácil adentrarse en este mundo tan presente en la vida social como desconocido.
Por ser la empresa que abre la noticia, he descendido a la lectura de la Resolución del expediente abierto a Codere (que ya ha respondido a la noticia) donde podemos ver cómo ese control férreo, que siempre ha existido en el juego presencial, se ha trasladado también al juego online. Es la propia empresa la que informa al organismo competente de una serie de errores técnicos que se dan en unos días muy concretos, y la sanción es la menor de las treinta y dos impuestas.
No me sorprende la lectura de la resolución y concluyo que todavía existe poco (y a veces ningún) acompañamiento jurídico a los técnicos y que las consecuencias se pagan, entre otras cosas, con multas. En la era de la tecnología es fundamental el pleno entendimiento entre los técnicos y los juristas, su colaboración temprana, desde la definición del modelo de negocio, debe mantenerse durante todo el proceso de desarrollo hasta las fases de validación y posterior mantenimiento, porque el error técnico se puede convertir en una infracción legal y se paga, a veces, muy caro. Debemos dejar de ver los desarrollos informáticos como meras tareas técnicas y comprenderlos como elementos críticos de cumplimiento normativo, porque si bien la Ley suele ir por detrás de la tecnología, algún feliz día, se encuentran, otorgando plenas garantías a los consumidores. El compliance tecnológico es, sin duda, uno de los grandes retos de esta parte del siglo.
El debate nunca cesará (ni debe hacerlo), tanto respecto al juego como respecto a cualquier otra actividad mercantil que pueda causar adicción, pero algo que he aprendido en mi trayectoria en el sector del juego es que no existe ninguna otra actividad mercantil que presente tal cantidad de garantías y de restricciones, en las antípodas de otras actividades también susceptibles de generar adicción con unas prácticas de marketing carentes de la más mínima ética, o normativa que las regule, en su defecto.
Yo de momento, a mis hijos les he explicado aquello que ya aprendimos en las películas “La Banca siempre gana”, y que uno juega para entretenerse y no para ganar dinero.
Realizada mi reflexión, procedo a empezar con las participaciones de la lotería de Navidad, que si bien es prácticamente imposible que toque, les recordará a todos a los que se la envíe lo mucho que los quiero.
